Me mordí la lengua para no decirle que sólo concebía ese juego amoroso con él al tiempo que mi corazón se aceleraba imaginando, intuyendo, lo que se avecinaba.
Herbert conseguía siempre con una palabra poner mi sensualidad a flor de piel.
No tardé en notar sus labios rozando mi oreja y una ligera humedad me hizo imaginar su lengua acariciándola. Iba despacio, como si dispusiéramos de todo el tiempo del mundo. Cerré los ojos para dejarme llevar y entregarme a los placeres que me provocaba al bajar la boca hacia mi cuello, olvidando incluso que no me hacía falta porque aquella venda opaca me impedía ver.
Mi cuerpo empezó a responder a sus caricias sensuales y sentí una acuciante deseo de hacerle mío.
Moví una mano sin recordar la soga y estar aprisionada acabó aumentando mis ansias. Le odiaba por privarme del placer de verle o tocarle; le amaba porque sólo él despertaba la fiera dormida en mi interior.
Le oí ponerse a mi espalda y noté como forcejeaba con las tiras de mi corsé. No me hizo falta verle para suponerle fastidiado por no poder desatarlas tan rápido como sin duda deseaba.
- ¿Problemas?- le pregunté burlona. Me respondió con un suspiro y el contacto frío de la hoja de su puñal sobre mi pecho.
- Nada que un arma afilada no pueda remediar- contestó. Y una a una, con la destreza de alguien acostumbrado a manejar el puñal, fue rasgando las cintas que sus manos no conseguían soltar. Luego, sin duda intentando provocarme, apartó el corsé, hermosa coraza de seda roja elaborada para seducir, lo lanzó al suelo y acarició mis aureolas con el mismo filo con el que había logrado desnudarme.
Me estremecí y no por miedo porque en el fondo sabía que él jamás buscaría mi dolor. Y así fue. Se trataba de una parte más de su juego, un movimiento peligroso que había de excitarnos a ambos.
Su boca no tardó en hacerse la dueña de mis pechos y al notar su contacto, superando a duras penas mis ansias de entregarme, le dije:
- El dominador que acaba siendo dominado.
Él se apartó pero sin dejar de tocarme de algún modo puesto que se entretuvo jugando con uno de sus dedos, haciéndolo resbalar por un pezón que se rendía a él.
- Jamás me tendréis vencido- murmuró-. Por mucho que podáis desearlo.
dimarts, 3 d’agost del 2010
Relato
El sonido metálico de una puerta que se cerraba me hizo dar un respingo.
Me quedé de pie, temerosa de moverme, intentando que mi oído o mi olfato me dieran alguna pista que pudiera suplir la carencia de vista. Me habían tomado por sorpresa en el jardín y por la espalda y habían cubierto mis ojos con una tela que habían atado con fuerza, sumiéndome en la más absoluta oscuridad. Intenté defenderme pero una garra de hierro amarró mis muñecas a mi espalda y las aprisionó una contra otra con una soga que rasgaría mi carne al menor movimiento.
Una ligera corriente de aire me hizo temblar, casi más que el temor a lo desconocido.
- El miedo os hace aún más bella.
El susurro llegó acompañado del suave cosquilleo de su aliento. Le reconocí de inmediato. Tenía por costumbre masticar de vez en cuando un par de hojas de menta y había aprendido a asociar ese olor con su persona.
- ¿Por qué todo esto, Herbert?.
Obtuve por respuesta el silencio. Y hubiera podido suponer que se había marchado de no ser por seguir muy vivo su aroma junto a mí.
- Siempre dije que sois una mujer excepcional- respondió al fin, dejando de lado unos susurros innecesarios. Sentí el contacto de sus dedos en ms sienes y después sobre mis cabellos. Soltó una a una todas las agujas que los recogían a mi nuca y los dejó caer en libertad.
- Me gusta contemplar vuestros cabellos sueltos.
Yo me removí inquieta.
- Os he hecho una pregunta y respondéis con evasivas.
No tenía miedo. ¿Por qué había de tenerlo si le había amado desde que mi vida se cruzó con la suya hacía tantos años?. En ese tiempo había aprendido que él podía llegar a inspirarme amor, odio quizás en algunas ocasiones, pero jamás miedo. Era demasiado parecido a mí y temerle sería caso como temerme a mí misma.
- Soltadme.
- Si lo hiciera- dijo él- usaríais vuestras manos para agredirme. Prefiero veros así, sometida a mi voluntad, por una vez sierva de mi persona.
Moví las manos, intentando liberarme de la cuerda, y sólo conseguí hacerme daño. Él respondió a mi gemido de dolor con un chasquido y un beso en la comisura de los labios que me cogió desprevenida.
- Destapadme los ojos.
- ¿Y privaros del placer que supondrá amaros sin que me veáis?- su voz sonaba risueña y sin duda estaba disfrutando con su juego. Herbert nunca se comprometía. Tan sólo me manipulaba, jugaba conmigo como si yo fuera una marioneta-. De ese modo podréis imaginar que estáis con quien más os plazca.
Me quedé de pie, temerosa de moverme, intentando que mi oído o mi olfato me dieran alguna pista que pudiera suplir la carencia de vista. Me habían tomado por sorpresa en el jardín y por la espalda y habían cubierto mis ojos con una tela que habían atado con fuerza, sumiéndome en la más absoluta oscuridad. Intenté defenderme pero una garra de hierro amarró mis muñecas a mi espalda y las aprisionó una contra otra con una soga que rasgaría mi carne al menor movimiento.
Una ligera corriente de aire me hizo temblar, casi más que el temor a lo desconocido.
- El miedo os hace aún más bella.
El susurro llegó acompañado del suave cosquilleo de su aliento. Le reconocí de inmediato. Tenía por costumbre masticar de vez en cuando un par de hojas de menta y había aprendido a asociar ese olor con su persona.
- ¿Por qué todo esto, Herbert?.
Obtuve por respuesta el silencio. Y hubiera podido suponer que se había marchado de no ser por seguir muy vivo su aroma junto a mí.
- Siempre dije que sois una mujer excepcional- respondió al fin, dejando de lado unos susurros innecesarios. Sentí el contacto de sus dedos en ms sienes y después sobre mis cabellos. Soltó una a una todas las agujas que los recogían a mi nuca y los dejó caer en libertad.
- Me gusta contemplar vuestros cabellos sueltos.
Yo me removí inquieta.
- Os he hecho una pregunta y respondéis con evasivas.
No tenía miedo. ¿Por qué había de tenerlo si le había amado desde que mi vida se cruzó con la suya hacía tantos años?. En ese tiempo había aprendido que él podía llegar a inspirarme amor, odio quizás en algunas ocasiones, pero jamás miedo. Era demasiado parecido a mí y temerle sería caso como temerme a mí misma.
- Soltadme.
- Si lo hiciera- dijo él- usaríais vuestras manos para agredirme. Prefiero veros así, sometida a mi voluntad, por una vez sierva de mi persona.
Moví las manos, intentando liberarme de la cuerda, y sólo conseguí hacerme daño. Él respondió a mi gemido de dolor con un chasquido y un beso en la comisura de los labios que me cogió desprevenida.
- Destapadme los ojos.
- ¿Y privaros del placer que supondrá amaros sin que me veáis?- su voz sonaba risueña y sin duda estaba disfrutando con su juego. Herbert nunca se comprometía. Tan sólo me manipulaba, jugaba conmigo como si yo fuera una marioneta-. De ese modo podréis imaginar que estáis con quien más os plazca.
dissabte, 31 de juliol del 2010
3
Jereiddín sonrió complacido.
- Contadme lo sucedido y os ayudaré.
Pierrot observó al hombre que tenía ante él y se preguntó qué buscaría queriéndole ayudar cuando parecía que hacía un momento era una amenaza. Sin duda dinero. Era lo qe solían buscar los sujetos como ése. Valverigny suspiró. Si sólo fuera eso era algo que a su Alteza Serenísima le sobraba. Si aquel hombre de piel oscura y ojos profundos era capaz de ayudarles sería dinero bien invertido.
- ¿Por qué tendría que confiar en vos?- preguntó para asegurarse.
Y la respuesta le sorprendió. Jereiddín, con una sonrisa en los labios, le contestó:
- Porque soy un amigo y porque no tenéis otra salida.
-----------------
El hombre dejó a un lado la carta y dio un fuerte golpe sobre la mesa que hizo que su mano derecha diera un respingo.
- No puede ser- exclamó.
El otro hombre sólo asintió, con gesto grave. Cuando llegaron las noticias al palacio de los Gramont ya imaginó que las consecuencias negativas que acarrearían. Una reacción así por parte de su señor no era extraña dadas las circunstancias.
- ¡Es imposible!- gritó nuevamente el Mariscal-duque-. Nadie escapa de la Bastilla.
- Vuestro informante asegura que su Alteza Serenísima sí- contestó Arcenau-. Se ha reunido con su Majestad en Versalles.
Mi padre gruñó y apretó la carta en su mano izquierda.
- Dejadme solo.
Jacques Arcenau abandonó la sala sintiendo que por el momento se había quitado un peso de encima. No le gustaba estar cerca de su señor cuando se enfurecía y si había algo que le ponía de muy mal humor era verse vencido una vez más por su yerno.
El hombre se fue a su cámara, mandó llamar a una sirvienta con quien hacía tiempo que se veía a escondidas y se entregó con ella a ciertos placeres mientras el Mariscal continuaba intentandob saber cómo había conseguido escapar Mónaco.
-------
Mi padre estaba furioso. Con el encierro de Mónaco se había creído el ganador de aquella lucha sin cuartel que hacía años mantenía con mi esposo. La reciente muerte de Prevost le había animado a ir a ver al rey para que le otorgara la regencia del principado, algo que debía haber ocurrido ya de no haberse entrometido el "valet". Pero algunos asuntos de sus negocios se lo habían impedido. Un par de barcos cargados se habían extraviado antes de llegar a las costas de Marsella. El Mariscal, propietario de los mismos, se trasladó hasta allí en persona para intentar saber novedades de lo acontecido. Si habían naufragado no iba a ser su ruina pero sí un duro golpe en una época en la que parecía que las cosas no acababan de salirle como esperaba.
Dejó de lado la reunión con el Sol y emprendió el viaje hasta Marsella pero apenas si había transcurrido una jornada cuando se cruzó en su camino nada más y nada menos que Edmond Leclerc, su hombre en la ciudad y encargado de recibir las mercancías cuando llegaran.
Y las noticias que traía eran buenas.
Con retraso y la mitad de los hombres a bordo al final las dos naves habían llegado a puerto.
- ¿Y el cargamento?- preguntó mi padre sin perder tiempo, pues, al fin y al cabo, era eso lo que más le importaba.
- A salvo- le aseguró su hombre.
Con esa seguridad que le daba que Leclerc se haría cargo de todo a partir de ahora ni siquiera le importaba que los hombres hubieran sido afectados por unas fiebres y hubieran tenido que hacer escala en la isla de Sicilia.
- Han muerto varios de los nuestros- le aseguró Edmond.
El Mariscal se había encogido de hombros, había dicho que era un desgraciado incidente y que contrataran de inmediato a alguien que les sustituyera y había regresado a París sabiéndose igual de rico.
Pero a su llegada a casa Arcenau le había amargado el día.
Mónaco libre. Era una desgracia.
- Maldito sea- murmuró el Mariscal. Era imposible escapar de la prisión de estado y Luis estaba libre. Si había hablado con su Majestad sin estar él presente, el Sol podía haber caído de nuevo en las garras de su ahijado. Todo su plan se iría al traste.
Tenía que ir a ver al rey, averiguar qué había ocurrido y volver a ponerle de su parte.
Se levantó y fue hacia la puerta. Pero en el momento de abrirla, alguien se le adelantó desde el otro lado. Una hermosísima mujer vestida enteramente de rojo se cruzó en su camino.
- Contadme lo sucedido y os ayudaré.
Pierrot observó al hombre que tenía ante él y se preguntó qué buscaría queriéndole ayudar cuando parecía que hacía un momento era una amenaza. Sin duda dinero. Era lo qe solían buscar los sujetos como ése. Valverigny suspiró. Si sólo fuera eso era algo que a su Alteza Serenísima le sobraba. Si aquel hombre de piel oscura y ojos profundos era capaz de ayudarles sería dinero bien invertido.
- ¿Por qué tendría que confiar en vos?- preguntó para asegurarse.
Y la respuesta le sorprendió. Jereiddín, con una sonrisa en los labios, le contestó:
- Porque soy un amigo y porque no tenéis otra salida.
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El hombre dejó a un lado la carta y dio un fuerte golpe sobre la mesa que hizo que su mano derecha diera un respingo.
- No puede ser- exclamó.
El otro hombre sólo asintió, con gesto grave. Cuando llegaron las noticias al palacio de los Gramont ya imaginó que las consecuencias negativas que acarrearían. Una reacción así por parte de su señor no era extraña dadas las circunstancias.
- ¡Es imposible!- gritó nuevamente el Mariscal-duque-. Nadie escapa de la Bastilla.
- Vuestro informante asegura que su Alteza Serenísima sí- contestó Arcenau-. Se ha reunido con su Majestad en Versalles.
Mi padre gruñó y apretó la carta en su mano izquierda.
- Dejadme solo.
Jacques Arcenau abandonó la sala sintiendo que por el momento se había quitado un peso de encima. No le gustaba estar cerca de su señor cuando se enfurecía y si había algo que le ponía de muy mal humor era verse vencido una vez más por su yerno.
El hombre se fue a su cámara, mandó llamar a una sirvienta con quien hacía tiempo que se veía a escondidas y se entregó con ella a ciertos placeres mientras el Mariscal continuaba intentandob saber cómo había conseguido escapar Mónaco.
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Mi padre estaba furioso. Con el encierro de Mónaco se había creído el ganador de aquella lucha sin cuartel que hacía años mantenía con mi esposo. La reciente muerte de Prevost le había animado a ir a ver al rey para que le otorgara la regencia del principado, algo que debía haber ocurrido ya de no haberse entrometido el "valet". Pero algunos asuntos de sus negocios se lo habían impedido. Un par de barcos cargados se habían extraviado antes de llegar a las costas de Marsella. El Mariscal, propietario de los mismos, se trasladó hasta allí en persona para intentar saber novedades de lo acontecido. Si habían naufragado no iba a ser su ruina pero sí un duro golpe en una época en la que parecía que las cosas no acababan de salirle como esperaba.
Dejó de lado la reunión con el Sol y emprendió el viaje hasta Marsella pero apenas si había transcurrido una jornada cuando se cruzó en su camino nada más y nada menos que Edmond Leclerc, su hombre en la ciudad y encargado de recibir las mercancías cuando llegaran.
Y las noticias que traía eran buenas.
Con retraso y la mitad de los hombres a bordo al final las dos naves habían llegado a puerto.
- ¿Y el cargamento?- preguntó mi padre sin perder tiempo, pues, al fin y al cabo, era eso lo que más le importaba.
- A salvo- le aseguró su hombre.
Con esa seguridad que le daba que Leclerc se haría cargo de todo a partir de ahora ni siquiera le importaba que los hombres hubieran sido afectados por unas fiebres y hubieran tenido que hacer escala en la isla de Sicilia.
- Han muerto varios de los nuestros- le aseguró Edmond.
El Mariscal se había encogido de hombros, había dicho que era un desgraciado incidente y que contrataran de inmediato a alguien que les sustituyera y había regresado a París sabiéndose igual de rico.
Pero a su llegada a casa Arcenau le había amargado el día.
Mónaco libre. Era una desgracia.
- Maldito sea- murmuró el Mariscal. Era imposible escapar de la prisión de estado y Luis estaba libre. Si había hablado con su Majestad sin estar él presente, el Sol podía haber caído de nuevo en las garras de su ahijado. Todo su plan se iría al traste.
Tenía que ir a ver al rey, averiguar qué había ocurrido y volver a ponerle de su parte.
Se levantó y fue hacia la puerta. Pero en el momento de abrirla, alguien se le adelantó desde el otro lado. Una hermosísima mujer vestida enteramente de rojo se cruzó en su camino.
dijous, 29 de juliol del 2010
2
- Y decís que ha sido encerrado en la Bastilla siendo inocente- musitó el otro hombre-. ¿Estáis seguro de eso?. Es un noble poderoso y por lo tanto capaz de cualquier cosa. ¿Cómo podéis poner la mano en el fuego para proclamar su inocencia?.
- Es que es inocente de las acusaciones que han vertido sobre él- respondió Pierrot con vehemencia. Desde su encuentro con Jereiddín era la primera vez que no hablaba con miedo pero lo hacía con la seguridad de esta en poder de la verdad-. A mi señor le han tendido una trampa.
El asesino empezó a reír.
- No le veo la gracia, señor mío- Valverigny torció el gesto ofendido. Pero al poco de haber dicho eso se arrepintió nuevamente. Sobre todo al ver que el hombre callaba de repente.
- Al final resultará que tenéis agallas y todo- dijo al cabo de un momento para tranquilidad del letrado-. Bien- asintió-. Me gusta que así sea. Había llegado a pensar que no érais más que un mequetrefe de esos que corretean por los salones de Versalles y se codean con el rey.
- Si me codeara con el rey- repuso Pierrot- hoy por hoy mi señor no estaría en la Bastilla sino estudiando sus negocios de Mónaco.
- Es que es inocente de las acusaciones que han vertido sobre él- respondió Pierrot con vehemencia. Desde su encuentro con Jereiddín era la primera vez que no hablaba con miedo pero lo hacía con la seguridad de esta en poder de la verdad-. A mi señor le han tendido una trampa.
El asesino empezó a reír.
- No le veo la gracia, señor mío- Valverigny torció el gesto ofendido. Pero al poco de haber dicho eso se arrepintió nuevamente. Sobre todo al ver que el hombre callaba de repente.
- Al final resultará que tenéis agallas y todo- dijo al cabo de un momento para tranquilidad del letrado-. Bien- asintió-. Me gusta que así sea. Había llegado a pensar que no érais más que un mequetrefe de esos que corretean por los salones de Versalles y se codean con el rey.
- Si me codeara con el rey- repuso Pierrot- hoy por hoy mi señor no estaría en la Bastilla sino estudiando sus negocios de Mónaco.
1
No era mi intención asustaros, señor letrado-murmuró amigablemente, tanto que a Pierrot le dio más miedo que su tono amenazador-. Al fin y al cabo lleváis aquí un tiempo y en cierta manera sois parte de esta gran familia. Pero, venid. Vamos a mi casa y tomemos un vaso de vino mientras hablamos.
Puso una mano sobre la espalda de Valerigny y le empujó levemente. Y éste, viendo que no tenía escapatoria, le siguió.
--------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
Jereiddín gozaba de una situación de privilegio en aquella ciudad secreta. Al contar con la amistad del rey Rolin tenía para él solo los bajos de una casa de tres plantas , un verdadero lujo en aquel lugar.
Disponía de pocos muebles pero los suficientes como para garantizar una vida más o menos confortable. Desde luego mucho más que la mayoría de gente de por allí.
Hizo pasar a Pierrot a una sala fría y sucia y le invitó a sentarse. Él hizo lo mismo y sirvió dos vasos de vino, que dejó sobre la mesa con un golpe.
Como Valverigny tenía la boca seca no tardó en apurarlo hasta la última gota. Y después de hacerlo sintió una desagradable sensación en el paladar. Aquel vino era como vinagre. Jereiddín, en cambio, degustó su vaso con deleite y se sirvió otro al terminar el primero.
- Así pues- dijo el asesino entre sorbo y sorbo- sois un servidor del príncipe de Mónaco.
El letrado asintió, arrepintiéndose de haber tenido la lengua tan ligera.
Puso una mano sobre la espalda de Valerigny y le empujó levemente. Y éste, viendo que no tenía escapatoria, le siguió.
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Jereiddín gozaba de una situación de privilegio en aquella ciudad secreta. Al contar con la amistad del rey Rolin tenía para él solo los bajos de una casa de tres plantas , un verdadero lujo en aquel lugar.
Disponía de pocos muebles pero los suficientes como para garantizar una vida más o menos confortable. Desde luego mucho más que la mayoría de gente de por allí.
Hizo pasar a Pierrot a una sala fría y sucia y le invitó a sentarse. Él hizo lo mismo y sirvió dos vasos de vino, que dejó sobre la mesa con un golpe.
Como Valverigny tenía la boca seca no tardó en apurarlo hasta la última gota. Y después de hacerlo sintió una desagradable sensación en el paladar. Aquel vino era como vinagre. Jereiddín, en cambio, degustó su vaso con deleite y se sirvió otro al terminar el primero.
- Así pues- dijo el asesino entre sorbo y sorbo- sois un servidor del príncipe de Mónaco.
El letrado asintió, arrepintiéndose de haber tenido la lengua tan ligera.
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