Me mordí la lengua para no decirle que sólo concebía ese juego amoroso con él al tiempo que mi corazón se aceleraba imaginando, intuyendo, lo que se avecinaba.
Herbert conseguía siempre con una palabra poner mi sensualidad a flor de piel.
No tardé en notar sus labios rozando mi oreja y una ligera humedad me hizo imaginar su lengua acariciándola. Iba despacio, como si dispusiéramos de todo el tiempo del mundo. Cerré los ojos para dejarme llevar y entregarme a los placeres que me provocaba al bajar la boca hacia mi cuello, olvidando incluso que no me hacía falta porque aquella venda opaca me impedía ver.
Mi cuerpo empezó a responder a sus caricias sensuales y sentí una acuciante deseo de hacerle mío.
Moví una mano sin recordar la soga y estar aprisionada acabó aumentando mis ansias. Le odiaba por privarme del placer de verle o tocarle; le amaba porque sólo él despertaba la fiera dormida en mi interior.
Le oí ponerse a mi espalda y noté como forcejeaba con las tiras de mi corsé. No me hizo falta verle para suponerle fastidiado por no poder desatarlas tan rápido como sin duda deseaba.
- ¿Problemas?- le pregunté burlona. Me respondió con un suspiro y el contacto frío de la hoja de su puñal sobre mi pecho.
- Nada que un arma afilada no pueda remediar- contestó. Y una a una, con la destreza de alguien acostumbrado a manejar el puñal, fue rasgando las cintas que sus manos no conseguían soltar. Luego, sin duda intentando provocarme, apartó el corsé, hermosa coraza de seda roja elaborada para seducir, lo lanzó al suelo y acarició mis aureolas con el mismo filo con el que había logrado desnudarme.
Me estremecí y no por miedo porque en el fondo sabía que él jamás buscaría mi dolor. Y así fue. Se trataba de una parte más de su juego, un movimiento peligroso que había de excitarnos a ambos.
Su boca no tardó en hacerse la dueña de mis pechos y al notar su contacto, superando a duras penas mis ansias de entregarme, le dije:
- El dominador que acaba siendo dominado.
Él se apartó pero sin dejar de tocarme de algún modo puesto que se entretuvo jugando con uno de sus dedos, haciéndolo resbalar por un pezón que se rendía a él.
- Jamás me tendréis vencido- murmuró-. Por mucho que podáis desearlo.
Cap comentari:
Publica un comentari a l'entrada