dimarts, 3 d’agost del 2010

Relato

El sonido metálico de una puerta que se cerraba me hizo dar un respingo.
Me quedé de pie, temerosa de moverme, intentando que mi oído o mi olfato me dieran alguna pista que pudiera suplir la carencia de vista. Me habían tomado por sorpresa en el jardín y por la espalda y habían cubierto mis ojos con una tela que habían atado con fuerza, sumiéndome en la más absoluta oscuridad. Intenté defenderme pero una garra de hierro amarró mis muñecas a mi espalda y las aprisionó una contra otra con una soga que rasgaría mi carne al menor movimiento.
Una ligera corriente de aire me hizo temblar, casi más que el temor a lo desconocido.
- El miedo os hace aún más bella.
El susurro llegó acompañado del suave cosquilleo de su aliento. Le reconocí de inmediato. Tenía por costumbre masticar de vez en cuando un par de hojas de menta y había aprendido a asociar ese olor con su persona.
- ¿Por qué todo esto, Herbert?.
Obtuve por respuesta el silencio. Y hubiera podido suponer que se había marchado de no ser por seguir muy vivo su aroma junto a mí.
- Siempre dije que sois una mujer excepcional- respondió al fin, dejando de lado unos susurros innecesarios. Sentí el contacto de sus dedos en ms sienes y después sobre mis cabellos. Soltó una a una todas las agujas que los recogían a mi nuca y los dejó caer en libertad.
- Me gusta contemplar vuestros cabellos sueltos.
Yo me removí inquieta.
- Os he hecho una pregunta y respondéis con evasivas.
No tenía miedo. ¿Por qué había de tenerlo si le había amado desde que mi vida se cruzó con la suya hacía tantos años?. En ese tiempo había aprendido que él podía llegar a inspirarme amor, odio quizás en algunas ocasiones, pero jamás miedo. Era demasiado parecido a mí y temerle sería caso como temerme a mí misma.
- Soltadme.
- Si lo hiciera- dijo él- usaríais vuestras manos para agredirme. Prefiero veros así, sometida a mi voluntad, por una vez sierva de mi persona.
Moví las manos, intentando liberarme de la cuerda, y sólo conseguí hacerme daño. Él respondió a mi gemido de dolor con un chasquido y un beso en la comisura de los labios que me cogió desprevenida.
- Destapadme los ojos.
- ¿Y privaros del placer que supondrá amaros sin que me veáis?- su voz sonaba risueña y sin duda estaba disfrutando con su juego. Herbert nunca se comprometía. Tan sólo me manipulaba, jugaba conmigo como si yo fuera una marioneta-. De ese modo podréis imaginar que estáis con quien más os plazca.

Cap comentari:

Publica un comentari a l'entrada