dissabte, 31 de juliol del 2010

3

Jereiddín sonrió complacido.
- Contadme lo sucedido y os ayudaré.
Pierrot observó al hombre que tenía ante él y se preguntó qué buscaría queriéndole ayudar cuando parecía que hacía un momento era una amenaza. Sin duda dinero. Era lo qe solían buscar los sujetos como ése. Valverigny suspiró. Si sólo fuera eso era algo que a su Alteza Serenísima le sobraba. Si aquel hombre de piel oscura y ojos profundos era capaz de ayudarles sería dinero bien invertido.
- ¿Por qué tendría que confiar en vos?- preguntó para asegurarse.
Y la respuesta le sorprendió. Jereiddín, con una sonrisa en los labios, le contestó:
- Porque soy un amigo y porque no tenéis otra salida.
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El hombre dejó a un lado la carta y dio un fuerte golpe sobre la mesa que hizo que su mano derecha diera un respingo.
- No puede ser- exclamó.
El otro hombre sólo asintió, con gesto grave. Cuando llegaron las noticias al palacio de los Gramont ya imaginó que las consecuencias negativas que acarrearían. Una reacción así por parte de su señor no era extraña dadas las circunstancias.
- ¡Es imposible!- gritó nuevamente el Mariscal-duque-. Nadie escapa de la Bastilla.
- Vuestro informante asegura que su Alteza Serenísima sí- contestó Arcenau-. Se ha reunido con su Majestad en Versalles.
Mi padre gruñó y apretó la carta en su mano izquierda.
- Dejadme solo.
Jacques Arcenau abandonó la sala sintiendo que por el momento se había quitado un peso de encima. No le gustaba estar cerca de su señor cuando se enfurecía y si había algo que le ponía de muy mal humor era verse vencido una vez más por su yerno.
El hombre se fue a su cámara, mandó llamar a una sirvienta con quien hacía tiempo que se veía a escondidas y se entregó con ella a ciertos placeres mientras el Mariscal continuaba intentandob saber cómo había conseguido escapar Mónaco.
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Mi padre estaba furioso. Con el encierro de Mónaco se había creído el ganador de aquella lucha sin cuartel que hacía años mantenía con mi esposo. La reciente muerte de Prevost le había animado a ir a ver al rey para que le otorgara la regencia del principado, algo que debía haber ocurrido ya de no haberse entrometido el "valet". Pero algunos asuntos de sus negocios se lo habían impedido. Un par de barcos cargados se habían extraviado antes de llegar a las costas de Marsella. El Mariscal, propietario de los mismos, se trasladó hasta allí en persona para intentar saber novedades de lo acontecido. Si habían naufragado no iba a ser su ruina pero sí un duro golpe en una época en la que parecía que las cosas no acababan de salirle como esperaba.
Dejó de lado la reunión con el Sol y emprendió el viaje hasta Marsella pero apenas si había transcurrido una jornada cuando se cruzó en su camino nada más y nada menos que Edmond Leclerc, su hombre en la ciudad y encargado de recibir las mercancías cuando llegaran.
Y las noticias que traía eran buenas.
Con retraso y la mitad de los hombres a bordo al final las dos naves habían llegado a puerto.
- ¿Y el cargamento?- preguntó mi padre sin perder tiempo, pues, al fin y al cabo, era eso lo que más le importaba.
- A salvo- le aseguró su hombre.
Con esa seguridad que le daba que Leclerc se haría cargo de todo a partir de ahora ni siquiera le importaba que los hombres hubieran sido afectados por unas fiebres y hubieran tenido que hacer escala en la isla de Sicilia.
- Han muerto varios de los nuestros- le aseguró Edmond.
El Mariscal se había encogido de hombros, había dicho que era un desgraciado incidente y que contrataran de inmediato a alguien que les sustituyera y había regresado a París sabiéndose igual de rico.
Pero a su llegada a casa Arcenau le había amargado el día.
Mónaco libre. Era una desgracia.
- Maldito sea- murmuró el Mariscal. Era imposible escapar de la prisión de estado y Luis estaba libre. Si había hablado con su Majestad sin estar él presente, el Sol podía haber caído de nuevo en las garras de su ahijado. Todo su plan se iría al traste.
Tenía que ir a ver al rey, averiguar qué había ocurrido y volver a ponerle de su parte.
Se levantó y fue hacia la puerta. Pero en el momento de abrirla, alguien se le adelantó desde el otro lado. Una hermosísima mujer vestida enteramente de rojo se cruzó en su camino.

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