dijous, 29 de juliol del 2010

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No era mi intención asustaros, señor letrado-murmuró amigablemente, tanto que a Pierrot le dio más miedo que su tono amenazador-. Al fin y al cabo lleváis aquí un tiempo y en cierta manera sois parte de esta gran familia. Pero, venid. Vamos a mi casa y tomemos un vaso de vino mientras hablamos.
Puso una mano sobre la espalda de Valerigny y le empujó levemente. Y éste, viendo que no tenía escapatoria, le siguió.
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Jereiddín gozaba de una situación de privilegio en aquella ciudad secreta. Al contar con la amistad del rey Rolin tenía para él solo los bajos de una casa de tres plantas , un verdadero lujo en aquel lugar.
Disponía de pocos muebles pero los suficientes como para garantizar una vida más o menos confortable. Desde luego mucho más que la mayoría de gente de por allí.
Hizo pasar a Pierrot a una sala fría y sucia y le invitó a sentarse. Él hizo lo mismo y sirvió dos vasos de vino, que dejó sobre la mesa con un golpe.
Como Valverigny tenía la boca seca no tardó en apurarlo hasta la última gota. Y después de hacerlo sintió una desagradable sensación en el paladar. Aquel vino era como vinagre. Jereiddín, en cambio, degustó su vaso con deleite y se sirvió otro al terminar el primero.
- Así pues- dijo el asesino entre sorbo y sorbo- sois un servidor del príncipe de Mónaco.
El letrado asintió, arrepintiéndose de haber tenido la lengua tan ligera.

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